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¿POR QUÉ QUIEREN DESTRUIR EL VALLE DEL YAQUI?

Nov 24, 2021

(SEGUNDA PARTE)

ALBERTO VIZCARRA OZUNA / COLUMNISTA

#DESPIERTASONORA

            Los más de treinta años de desprecio por las principales zonas agrícolas del país, se han acompañado de medidas económicas y de políticas públicas que paulatinamente les retiran los apoyos y la protección: se desmontó el sistema de precios de garantía, se retiró la asistencia técnica, se redujeron los presupuestos públicos para la investigación, desaparecieron las políticas de créditos preferenciales y se impuso la denominación de “agricultura comercial.” Los gobiernos neoliberales justificaban estas medidas bajo el garlito de que los productores nacionales tenían  que ser competitivos y dejaron al sector agropecuario colgado de alfileres. El actual gobierno  se dio a la tarea de quitar los alfileres, con el pretexto de que los exiguos apoyos y compensaciones se prestaban a corrupción para favorecer a los ricos.

            Empujar a los productores rurales y entregar nuestras zonas agrícolas de riego a la suerte de los mercados internacionales, ha desdibujado el mosaico social-productivo. Se mantiene una inclinación que desplaza a la pequeña propiedad, al ejido y a otras formas de tenencia de la tierra, que siendo productivas para el país no pueden competir en un mercado abierto y desregulado. Esto fomenta el rentismo, el acaparamiento de grandes extensiones en unas cuantas manos y facilita un regreso al corporativismo de la actividad agrícola, como el que tuvimos con la compañía Richardson, en el Valle del Yaqui a principios del Siglo XX. Esquemas que pueden ser fuente de grandes negocios coyunturales para elites financieras, pero recargados en inconmensurables pérdidas sociales y económicas para el país.

            A la sombra de estas políticas globales que desdeñan el valor económico nacional de las zonas agrícolas, las baterías del desprecio han apuntado con especial saña en contra del Valle del Yaqui, acaso por ser una de las regiones del país que ha logrado una convivencia social-productiva exitosa y duradera, en la que participan pequeños propietarios, ejidatarios, colonos y la tribu yaqui. Se ha tejido una especie de leyenda negra contra la región: se le acusa de consumir demasiada agua, como si los granos que produce no llevaran consigo el agua convertido en alimentos para el consumo humano, se le endilga la condición de ser un contaminador del ambiente y de ensuciar el mar de Cortés; un causante de enfermedades degenerativas  y otras denostaciones falaces que encubren los maliciosos propósitos para despojarlo de importantes volúmenes de agua, como ya se empieza a hacer con la operación ilegal del Acueducto Independencia.

Se despliega también una constante propaganda de aislamiento social en contra de los productores, con el mote despectivo de “agrotitanes”, para alimentar el desprecio de la población en su contra y debilitar la capacidad de movilización social que durante estos años se ha hecho posible con una poderosa alianza de los productores, los habitantes del sur de Sonora y la tribu yaqui, en la defensa de las aguas del Río Yaqui. 

Todos esto es un signo inequívoco de que pretenden destruir a las principales zonas agrícolas del país, sobre todo aquellas que aún tienen la capacidad instalada para poder contribuir  de manera eficiente en un plan nacional alimentario que recupere la producción de trigo, maíz, frijol y arroz. El empeño de los intereses financieros internacionales que las pretenden corporativizar, es tomarlas como activos de su participación en los mercados especulativos mundiales. Les interesan sus negocios, no la producción nacional de alimentos. Estos son los que quieren quebrantar la poderosa dinámica social que aún persiste en el Valle del Yaqui, para que no se convierta en catalizador y referente nacional de los productores de todo el país y se pueda retomar una política económica que le regrese al campo mexicano su lugar estratégico en el desarrollo económico.

 La ceguera ideológica del presidente López Obrador, lo ha sumado a este desprecio por las zonas agrícolas del país que disponen de riego. Su programa alimentario se limitó a proporcionarle precios de garantía a las zonas de autoconsumo y no incorporó a las zonas de riego a un plan nacional alimentario con metas físicas de producción de granos básicos, en tanto que decidió mantener al sector agropecuario enganchado al T-MEC. Y lo previsible ocurrió, las regiones de autoconsumo en las que se concentraron todos los apoyos del gobierno federal no pudieron cumplir la misión de aumentar la producción de maíz, frijol, trigo, arroz y leche. Como consecuencia el gobierno tendrá que importar, este año, casi el 50 por ciento de granos y oleaginosas, en un momento en que el precio de lo importado está creciendo a un ritmo tres veces mayor que el precio de nuestras exportaciones agropecuarias. El presumido saldo favorable de la balanza comercial agropecuaria muy pronto podría ser vanidad fugas.

Si el presidente se sostiene en su desprecio por el Valle del Yaqui y por las principales zonas agrícolas del país, podría terminar como Felipe Calderón, gritando que comprará el maíz en donde sea, cunado solo se puede comprar en donde haya.

Ciudad Obregón, Sonora, a 24 de noviembre de 2021

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