fbpx
  • mié. Jun 29th, 2022

POLÍTICA Y EL SÍNDROME DE LA BRONCEMIA

Dic 13, 2021

DR. RAÚL HÉCTOR CAMPA GARCÍA / COLUMNISTA

#DESPIERTASONORA

“Los iconoclastas hicieron muchas más estatuas que las que destruyeron”

Gilbert Keith Chesterton

“El riesgo de un destructor de estatuas es convertirse en una”

Jean Cocteau

Cuando en una sociedad bien informada y con criterios de aprobación de personas probas, académicos o no, son consultados para otorgarle a una persona un reconocimiento a su desempeño sin tacha; cuando se es bien consensado, seguramente no da lugar a dudas del mérito y no a meras ocurrencias.

En una de las semanales tertulias con amigos, se abordó el tema de las diferentes formas de rendir homenaje a ciertos personajes de la historia, que en ocasiones no hay una unanimidad en los criterios o tal vez se carezca de una normatividad para tan noble fin. Se pusieron varios ejemplos: entre ellos salió el de un expresidente de México que desde antes que falleciera, en reconocimiento a su desempeño, se les puso su nombre a varias avenidas, calles, parques, recintos escolares, auditorios y se instalaron estatuas y bustos por doquier, en todo el País. “El prototipo” de esto fue el Lic. Miguel Alemán Valdés. Un verdadero culto a la personalidad. Solo le faltó ser nombrado “el salvador de la Patria”.

Dicen que los políticos, “del hacer obras, mucho les sobra” y se hacen de mulas Pedro.

Salió a la plática el recordado candidato presidencial y su encendido discurso de un: “México con sed de justicia”, que “unas” balas asesinas frustraron sus proyectos de campaña, y en la ciudadanía también se frustró la esperanza o la duda discursiva … para siempre. El gobierno hegemónico en el periodo del PRIorato, se cubrió, para expiar sus posibles culpas, con un “manto” de enormes bustos de bronce, en todo el territorio Nacional. Un monumento nacional a la impunidad.

La muerte de Luís Donaldo Colosio Murrieta representa todos los asesinatos políticos que ha habido en la historia de nuestro País. Esculturas que “adornan” plazas públicas y algunas explanadas de algunas Instituciones de salud, que el entonces candidato, no tenía absolutamente nada que ver. Ejemplo: la explanada del Centro Médico Nacional del Noroeste, donde se encuentra la UMAE (Cd. Obregón, Son.). Que, perdón y con todo respeto, inmerecidamente lleva su nombre.

En esa reunión de amigos contertulios desde hace muchos años, se comentó por uno de ellos; conocedor del Historia de la Seguridad Social en México, del por qué no se cambiaba el busto de Colosio a otro lugar apropiado para su memoria histórica y no en una Institución de Salud e incluso cambiar el nombre de la UMAE, por algún prócer de la medicina institucional, de acuerdo a una normatividad para llenar los requisitos, semejantes o parecidos para otorgar un Doctorado Honoris Causa, de la ciencia médica, guardando las proporciones a que dé lugar. Y allí mismo, hacer un monumento en honor a todo el personal de salud Institucional o no que VERDADERAMENTE, han enfrentado a esta pandemia desde su inicio, atendiendo a los enfermos hospitalizados, sus complicaciones graves por COVID19 y otras enfermedades infectocontagiosas. Construir un hemiciclo, un mausoleo o un cenotafio (desconocía – me sincero- este último vocablo, tuve que preguntar al “académico Dr. Google”. Cenotafio. Monumento funerario que no contiene el cadáver del personaje a quien se dedica). Por Unanimidad todos estuvimos de acuerdo, previo “analítico” consenso, con lo propuesto por nuestro amigo. ¿Pero qué somos nosotros, una decena de ciudadanos jubilados y algunos del IMSS, para tal proposición? Pero aquí queda, para un análisis a fondo por expertos de la propia ciudanía.

 En los otorgamientos de reconocimiento, estatuas o bustos, nunca se debe mezclar o empañar con las “democráticas consultas populares” actuales, inducidas por “algunos” neófitos políticos o de cabildeos a modo. Tenemos que recordar, que muchos políticos sufren el Síndrome de la broncemia que se contagian por las lisonjas recibidas en sus círculos de aduladores y se la creen.

Con el paso de los años se han derrumbado, quitado o han cambiado de lugar algunas esculturas de bronce, como: La estatua de El caballito en honor al rey español, Carlos IV; desde que se encargó su realización al arquitecto y escultor Manuel Tolsá (en 1794). El caballito y su jinete ha “cabalgado” hacía distintos sitios, desde el patio del antiguo claustro universitario, al zócalo, en la Suprema Corte, por la avenida Reforma y por fin en la calle de Tacuba, enfrente del Palacio de Minería. Estatua que posterior a la Independencia de México, Guadalupe Victoria, primer presidente de México, intentó fundir el metal para hacer moneda, por lo jodido que estaba el país y más que en cada sexenio lo joden, algunos. Este año “Se la llevaron a restaurarla y no ha regresado”.

Por lo jodido del país, (más del 70% de pobreza), me recuerda la parodia de la canción y música: El Preso de San Juan de Ulúa, que cuando estudiaba medicina cantábamos (un fragmento): “Soy estudiante de Medicina, más que estudiante soy un cabrón/ … Me fui a la guerra perdí un brazo/de un chin…cañonazo que me tocó/como la patria estaba jodida/con puras gasas me lo pegó/con puras gasas me lo pegó, …”

Aun así, le siguen haciendo reconocimientos y levantando estatuas a los políticos, lo buenos que ya han tumbado algunas, como en Veracruz, la del traidor Fox (a su partido). Se podría cuestionar, algunos monumentos, bustos o estatuas, con el rigor de la verdad histórica ¿Quién la tendrá? Claro que algunos personajes se las tienen bien merecidas ¿Pero cuantos quedan en el olvido? Verdaderos humanistas. Creo que pocos políticos, por no decir que ninguno, merecen perpetuarse en el recuerdo de un Busto o una estatua.

Colofón: Bien decía el periodista y escritor Renato Leduc (ya referido en otro artículo): “Las estatuas sirven para dos cosas; para que las caguen las palomas y las orinen los perros”. Y resulta que (escribí en ese artículo hace 4 años), el pedestal y el busto de Leduc, que se encuentra en un parque de la colonia José Toriello Guerra, de la Delegación Tlalpan, está llena de “cuacha” de palomas y orines de los perros. ¡Cuánta razón tenía Renato Leduc! 

Dr. Raúl Héctor Campa García

raulhcampag@hotmail.com @RaulHectorCampa1

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

×

Powered by WhatsApp Chat

×