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MÉXICO; HIPERINFLACIÓN Y CRISIS ALIMENTARIA

Mar 9, 2022

ALBERTO VIZCARRA OZUNA / COLUMNISTA

#DESPIERTASONORA

El mundo entero ha empezado a pagar la penitencia de los castigos económicos impuestos a Rusia por la élite financiera y el establishment angloamericano. El castigo no se limita a la nación condenada; la interconexión comercial internacional nos hará pagar penitencia por pecados que no cometimos. Previo al conflicto, la economía global ya daba signos claros de haber entrado en un episodio hiperinflacionario. El conflicto militar entre Rusia y Ucrania no es la causa de la hiperinflación, pero sí una fuerte pisada al acelerador que agrava el fenómeno.

    Trastocar el corazón eurasiático es comprometer la estabilidad de una  región que destaca como despensa de materias primas para el mundo. Energéticos y alimentos, los dos pies que le dan movilidad a la economía global, tienen como uno de sus principales abastecedores de bienes primarios, a los países ahora envueltos en  la guerra. Rusia y Ucrania representan el 30 por ciento de las exportaciones mundiales de trigo y el 20 por ciento de las exportaciones de Maíz; Rusia es la proveedora del 40 por ciento de los requerimientos de gas de toda Europa, sin dejar de mencionar su importante papel en el abasto de petróleo. El gobierno Alemán, la nación más industrializada del continente, lo resume con dramatismo en una frase: si prohibimos las importaciones del petróleo ruso, en un par de días estaríamos sin capacidad de transportarnos.

    La guerra financiera y comercial contra Rusia no anticipa buenos resultados para la economía occidental. No parece que se le dará cumplimiento a la creencia de que las “venganzas son más dulces”. En cuestión de semanas la población europea ha sufrido incrementos brutales en sus facturaciones de gas y electricidad. En algunos casos se han disparo en más del mil por ciento, resultado de que los mercados especulativos que parasitan sobre estos insumos hacen del caos la oportunidad para exponenciar sus negocios.

 Como una plaga maligna, la sombra de la hiperinflación, arrastra a todas las materias primas, incluyendo minerales indispensables para los procesos relacionados con la industria pesada y la de los giros digitales y electrónicos. Cientos de empresas, pequeñas y medianas, en el continente europeo, han resultado afectadas por esta dinámica hiperinflacionaria acusando pérdidas de miles de millones de euros. De no revertir el proceso, podríamos estar en los albores de una desintegración económica mundial.

    Las américas no se escapan de las consecuencias. El impacto inmediato para los Estados Unidos, son los incrementos en los precios de los combustibles que en la última semana sufrieron alzas por más del 11 por ciento. Un disparo no visto desde la crisis financiera del 2008. En América Latina, los grandes productores de granos básicos y oleaginosas, como Brasil y Argentina, son a su vez importadores de fertilizantes, mismos que en las últimas semanas han alcanzado incrementos hasta del 400 por ciento con respecto al año anterior. Países como México recibirán un doble impacto al estar en la condición de importador de granos e importador de fertilizantes.

    De nuevo México pagará los costos de no haber retomado una consistente política alimentaria, realmente orientada a reducir la dependencia en la importación de granos básicos, como la que se sostuvo hasta principio de los años ochenta.

En momentos de crisis se ponen en evidencia las vulnerabilidades y también los errores cometidos. El gobierno de Andrés Manuel López Obrador es poco afecto al entendimiento de los problemas y más inclinado a las consignas y los clichés discursivos. El presidente mantenía un discurso por la autosuficiencia alimentaria y llegando al gobierno redujo el propósito a una política de apoyo al autoconsumo y a la agricultura de traspatio. Para no poner en cuestión al TMEC, les negó precios de garantía a las regiones agrícolas del país que se ubican en los distritos de riego, donde se cuenta con más de cinco millones de hectáreas,  que tienen el potencial para encaminarse al mercado interno.

    La consecuencia de esta orientación, que solo se fija en el asistencialismo y carece de metas físicas de producción, es que en los tres años de la presente administración -como en las últimas cuatro décadas- continuamos aumentando los volúmenes de importación de granos básicos. Los incrementos en la importaciones de maíz pasaron de 3.3 a 4.2 millones de toneladas el año pasado. La importación del frijol se incrementó en 118 por ciento en el 2021 con respecto al año anterior, el soya 65 por ciento, el algodón 40 porciento, el trigo el 38 por ciento, la cebada y la malta 34 por ciento y la avena el 10 por ciento, según datos oficiales y de Grupo Consultor de Mercados Agrícolas.

    El presidente pretende conjurar esta adversidad internacional, acelerada por el conflicto militar en el este de Europa, con el poder de sus palabras: “México, está preparado para enfrentar las consecuencias económicas de la guerra entre Rusia y Ucrania”. Pero la realidad alimentaria del país camina en sentido opuesto a las certezas discursivas del presidente. Si el conflicto bélico se prolonga, México, como muchos otros países del mundo, se vería imposibilitado para importar los granos requeridos, ya sea por la escasez mundial resultado de una previsible caída en la producción o por lo inalcanzable de sus precios.

Advertir la eventualidad de un desabasto de alimentos en México, no es exagerado. Realidades dramáticas, con efectos demoledores sobre el dogma neoliberal de las llamadas “ventajas comparativas” en que se sustentó el TLCAN y se mantiene el T-MEC: es más barato importar los granos que producirlos nacionalmente.

Ciudad Obregón, Sonora 9 de marzo de 2022

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