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VULNERABILIDAD ALIMENTARIA ANTE ECONOMÍA DE GUERRA

Mar 30, 2022

ALBERTO VIZCARRA OZUNA / COLUMNISTA

#DESPIERTASONORA

En memoria de Don Jaime Miranda Peláez, productor del Valle del Yaqui

            Durante el episodio crítico de incrementos desmesurados en los precios del maíz a principios del 2007, como resultado de la utilización de este grano en  Estados Unidos para producir biocombustible conocido como etanol, México padeció una duplicación en el precio de la tortilla, incrementándose el kilo arriba de los diez pesos. El episodio fue motejado como “la crisis de la tortilla”, hecho que impactó la mesa de millones de mexicanos, porque junto a los incrementos, la especulación con el maíz, propició escasez y desabasto. El gobierno de Felipe Calderón, tuvo una reacción tan desesperada como lejana al interés de restablecer una política alimentaria fortalecedora de la producción nacional de granos básicos, y dio la orden a la Secretaría de Agricultura: procuren “el maíz más barato que encuentren en cualquier parte del mundo”.

            Fue un momento en donde la especulación con el producto estaba propiciada por las políticas descabelladas de enganchar los granos básicos a la producción de biocombustibles. El factor de la guerra, ubicada en la principal zona productora de granos y fertilizantes (Rusia-Ucrania) le imprime una aceleración extraordinaria al proceso hiperinflacionario que registran los granos básicos y los insumos para producirlos, sin dejar de considerar la profundización en el desabasto que amenaza con ampliar los impactos del hambre sobre las regiones más vulnerables del mundo. Antes del conflicto bélico en el Este de Europa, se contabilizaban decenas de millones de personas afectadas por el hambre, ahora esa cifra se estima en cientos de millones.

            En un discurso presentado ante el Consejo Nacional Agropecuario, Enrique Peña Nieto, como candidato a la presidencia de la república (mayo del 2012), reconocía que México no podía continuar siendo un rehén de los precios internacionales de los alimentos y sentenciaba que la época que hizo valer la idea de que “era más barato importar que producirlos nacionalmente”, había terminado. Lo dicho en aquel discurso no se reivindicó como política de gobierno, y el país continuó careciendo de un plan nacional agroalimentario fincado en el propósito de reducir la dependencia alimentaria.

            Los gobiernos de Calderón y Peña Nieto percibieron la debilidad de México en materia alimentaria, pero la filiación neoliberal del primero y los temores del otro,  sofocaron sus sentimientos. Con todo y lo grave que pudieron ser los episodios críticos en materia alimentaria de los últimos treinta años, estos se ven rebasados por la magnitud de la presente crisis. Los daños  sufridos en la infraestructura de la economía ucraniana, las medidas tomadas por Rusia suspendiendo sus exportaciones alimentarias para proteger su mercado nacional, la guerra económica, la ruptura de cadenas productivas globales y la inestabilidad de los mercados, vislumbran que no estamos frente a un episodio pasajero.

            Estamos frente a un cuadro mundial, que cuestiona con severidad extraordinaria, el error criminal de mantener a México dependiendo de los mercados internacionales de granos básicos, más cuando se tienen las potencialidades y las vocaciones nacionales para darle cumplimiento a la tarea estratégica de fortalecer la producción nacional de alimentos. Es reprochable que el presidente de la república, Andrés Manuel López Obrador, no le haya puesto a este asunto la atención que merece; y condenable, que el Secretario de Agricultura, Víctor Villalobos, vea el caos mundial que se nos viene encima como una “gran oportunidad para los agronegocios”.

            En diciembre del 2018, al inicio de su gobierno, López Obrador, anunció “la muerte del modelo económico neoliberal”. Tres meses después, en marzo del 2019, al dar a conocer el Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024, en una especie de decreto declara formalmente “el fin del modelo neoliberal”.  Revertir una política económica exige algo más que un acto simbólico o  el uso de una varita mágica. El presidente ha llegado muy lejos con sus discursos en contra del neoliberalismo, pero en la práctica mantiene al país atado a sus políticas macroeconómicas. La parte donde más se hace evidente esta incongruencia es la relacionada con la producción de alimentos, pues ni frente a los peligro de una economía mundial en guerra ha dado signos de poner en marcha un programa nacional de emergencia para proteger a la agricultura nacional y a sus productores.

            Al parecer el presidente está pensando como lo hizo Calderón frente a la llamada “crisis de la tortilla”, que los granos se pueden traer de dónde sea, sin entender que solo se pueden comprar donde hay. No se percata que no somos el único país importador de granos, en un momento en donde la oferta está sufriendo una notable contracción. Ante el cierre de los mercados alimentarios de Rusia y Ucrania, los países importadores se están agolpando en torno al mercado de granos de los Estados Unidos y Canadá, mismos que registran los repuntes más exponenciados en sus precios. El presidente pudiera estar confiado a que esos exportadores le permitirán a México salvar la coyuntura, pero en un mercado de especulación el que tiene más saliva traga más pinole, en este caso los países que dispongan de mayor cantidad de dólares líquidos para la adquisición de esos bienes.

            Se sabe que en esa puja los países árabes buscarán abastecerse también del mercado de granos de los Estados Unidos y con una cartera mucho  más abultada que  otros compradores, incluyendo por supuesto a México. La previsible incapacidad presupuestal del país para competir en esa subasta alimentaria es la que nos acerca a un escenario nacional de desabasto.

            Las cachetadas de la realidad no hacen reaccionar al presidente. Es evidente que la política de precios de garantía reducida a las zonas del país inscritas en el autoconsumo, no podrán hacerse cargo de los requerimientos alimentarios de la nación, y mucho menos en un contexto de desarticulación sistémica global. En estas circunstancias cobra su verdadera dimensión las consecuencias del desprecio que el presidente ha mostrado por los productores rurales ubicados en los distritos de riego del país y en las regiones graneleras que tienen la capacidad para responder con resultados al momento de una reorientación de la producción de granos básicos hacia el mercado nacional.

            Por razones que son obvias, la producción de alimentos nuca deja de ser prioritaria, y en una economía de guerra mucho menos.

Ciudad Obregón Sonora, 30 de marzo de 2022

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