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INCREMENTO EN TASAS DE INTERÉS, REMEDIO QUE EMPEORA LA ENFERMEDAD

Jun 16, 2022

ALBERTO VIZCARRA OZUNA / COLUMNISTA

#DESPIERTASONORA

    Convergen los analistas ordinarios al identificar las causas del proceso hiperinflacionario mundial, en elementos circunstanciales. Por ejemplo culpar al incidente de la guerra entre Rusia y Ucrania como el detonante del fenómeno, junto con las secuelas económicas provocadas por la pandemia del COVID. Una vez que estos dichos se masifican, pasan a ser la base axiomática de la mayoría de las opiniones que se vierten sobre el crecimiento exponencial que registran los precios de las materias primas y de todos los insumos involucrados en la producción de bienes y servicios.

    Establecido esto como el consenso de los expertos, fácilmente se olvida que antes del conflicto militar en el este de Europa y de la aparición de la pandemia, la economía occidental registraba un proceso inflacionario con un ritmo marcadamente ascendente. Sus efectos acumulados sobre la economía ya eran desastrosos. Por lo mismo, la mayor parte del mundo se mostró vulnerable frente a la crisis de salud y la guerra aparece como una consecuencia de este mismo fenómeno que le reclama a las elites financieras y económicas de occidente, un expansionismo militar en busca de la apropiación del gran banco de materias primas ubicado en el extenso territorio de Rusia.

    Las circunstancias inciden pero no causan la inflación; son factores no factótum. Identificar el origen sistémico de la inflación, es la forma más adecuada para entender el problema y sus posibles remedios. Las reformas monetarias, con efecto mundial, que separaron al dólar del patrón oro (1971) y establecieron las llamadas paridades flotantes, despojaron al sistema financiero internacional de todo mecanismo de regulación sostenido por los estados nacionales. Esto instituyó una economía basada en el dinero que le abrió la puerta a ingeniosos mecanismos especulativos y se empezó a caminar de espaldas a los procesos físico-productivos.

    Desde entonces las políticas monetarias, se ocupan de darle vida a las crecientes rentas financieras que durante las últimas cuatro décadas han acumulado valores especulativos que están muy por encima del producto interno bruto mundial. Las crisis de pagos en las deudas de los países de América Latina, en la década de los años ochenta, ya era un síntoma de esta falla sistémica.

    En 1999 Estados Unidos, profundiza la desregulación financiera. Elimina la Ley Glass-Steagall, un instrumento alentado por el Presidente F.D. Roosevelt, para revertir la Gran Depresión. Con la ley se dispuso una separación total entre la banca comercial productiva y la banca de inversiones especulativas. Al eliminar esta ley se termina de quitar el último control regulatorio al sistema financiero de Norteamérica con sus consecuentes efectos mundiales. Fue el momento en que sonaron los clarines para que la especulación saliera a retozar como caballo sin rienda.

    Así llegamos a la crisis del 2008, que para ocultar su origen sistémico, se le calificó como “la crisis hipotecaria”. Sobre el mercado de las hipotecas construyeron una montaña de deuda especulativa que pronto llegó a una condición límite de insolvencia, propiciando la bancarrota de los corporativos más voraces, pero la Reserva Federal, el Banco Central Europeo y el gobierno Británico, montaron un rescate descomunal de 17 billones (millones de millones)  de dólares  para darle vida al sistema que había ocasionado la crisis.

    El famoso rescate del 2008, funcionó para que no explotara la burbuja de deuda, pero no resolvió el problema. Lo que propició es una mayor concentración corporativa y bancaria; la burbuja especulativa sigue creciendo con una contracción proporcionalmente inversa de la economía. Se dijo que aquella gigantesca emisión monetaria era para recuperar la economía y para que los bancos prestaran. Sin embargo, al revisar lo que han prestado los bancos en el sector occidental, se registra una caída en el renglón de créditos netos para las actividades productivas. Fenómeno típico, cuando el dinero cobra valor por sí mismo (renta especulativa), y deja de ser una forma de contrato  para la realización de crecientes tasas de retorno físico-productivo que se expresen en el incremento de las capacidades del trabajo y el beneficio social.

    Los mismos centros financieros de Londres y Walll Street, que regentean al sistema financiero de occidente, tienen el control sobre los principales mercados de materias primas, granos básicos, alimentos, petróleo, minerales, metales y otros bienes, cuya dinámica de precios no se ajusta a los requerimientos de las necesidades de desarrollo de las naciones. Los precios de esos bienes se definen por los reclamos de ganancia especulativa y esto propicia un impacto inflacionario sobre todos los procesos productivos. Ese es el origen de la hiperinflación que se padece. Una inflación de origen sistémico.

    Tomar control de la inflación, no se logra incrementando las tasas de interés. Exige correcciones sistémicas, no menores que las establecidas por Roosevelt para revertir la gran depresión. Presentar el incremento en las tasas de interés como mecanismo para reducir o controlar la inflación, es un ardid monetarista cuya larga ortodoxia ha mostrado su fracaso. Su primer impacto negativo es sobre las actividades productivas de las pequeñas y medianas empresas que se ven privadas de la posibilidad del crédito por el encarecimiento del valor del dinero, al mismo tiempo que por efecto financiero sus deudas crecen y muchas de ellas terminan en la quiebra.

    Las deudas de las naciones también crecen, sin haber recibido créditos. A los gobiernos nacionales se les obliga a contraer el gasto, realizar recortes y soportar reducciones constantes en su crecimiento para poder pagar una deuda que entre más servicio se le presta más crece. Ninguna nación que se mantenga en forma incondicional bajo los dictados de la política económica neoliberal de este sistema financiero mundial en bancarrota tiene posibilidades reales de crecer y de industrializarse.

    A solo unos días de que la Reserva Federal anunció el incremento en las tasas de interés, el Presidente Andrés Manuel López Obrador, desde su habitual conferencia mañanera mostró su adherencia a la ortodoxia neoliberal y anunció que le daría “otra vuelta a la tuerca”, esto es un nuevo recorte en el gasto público para poder liberar más recursos a la deuda externa que crecerá por el efecto financiero del incremento en las tasas y el decrecimiento físico de la economía nacional. Los recortes el presidente los había moralizado tipificándolos como austeridad republicana. Ahora, antes que renunciar a ellos, prefiere santificarlos y los moteja como “austeridad franciscana”.

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