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LA INTERRUPCIÓN DEL “GRAN PROYECTO NUCLEAR” MEXICANO

Jul 28, 2022

ALBERTO VIZCARRA OZUNA / COLUMNISTA

#DESPIERTASONORA

    Mucha de la gente que se impresiona cuando anuncian un gran parque solar o fotovoltaico, que cubrirá miles de hectáreas con cientos de miles de paneles solares, lo hace porque desconoce que un reactor nuclear, instalado en el espacio de diez hectáreas puede abastecer todos los requerimientos de consumo de más de un millón de hogares, en forma continua y constante durante 11 meses del año, mientras que el parque solar, que se proyecta construir en Puerto Peñasco, Sonora, con la ocupación de 2 mil hectáreas de paneles solares, apenas alcanzaría a cubrir medio millón de hogares, y por su condición intermitente (factor de potencia),  solamente por el espacio de tres meses en el año. El ejemplo, es un recurso grueso, solo para advertir que la generación de energía no debe ser medida escalarmente, sino por los flujos de densidad de la fuente.

    La eficiencia reduce costos. En comparativos generales, construir una central nucleoeléctrica, respecto a un parque solar, con la misma capacidad de generación, reclama una inversión inicial mayor. Una planta nuclear promedio, construida en Corea del Sur, ocupa una inversión de 2 mil millones de euros, mientras que construir una planta solar en Alemania, exige una inversión de mil cuatrocientos millones de euros. Si se estima el factor de potencia de la planta nuclear (90%), es decir el tiempo en que produce durante el año y el tiempo de vida productiva de la planta que es de 60 años, el costo de producir el kwh se reduce a 0.4 centavos de euro, mientras que la planta solar, con un factor de potencia de 10% y un tiempo de vida de 25 años termina arrojando un costo de 6.2 centavos de euro por kwh.

    En términos comparativos, es 15 veces más caro producir energía eléctrica con procedimientos solares que teniendo como fuente la fisión del átomo. Esto sin considerar el valor asociado a la “disponibilidad de energía” en el ámbito del consumidor, de los servicios y de los procesos productivos en general. La vida cotidiana en los hogares, los sistemas de transporte, salud, educación y procesos industriales de alta demanda de flujos de energía, necesitan suministros confiables y constantes; libres de intermitencias cuyas consecuencias económicas y sociales son mayores que el valor monetario de la electricidad que no se genera durante esas interrupciones.

    Los datos técnicos básicos, acusan que ningún país que se proponga mantener o incursionar en procesos duros de industrialización, lo puede hacer soportado en una fuente energética de temporal, como la solar y la eólica. Así se entendió en el gobierno de José López Portillo (1976-1982), cuando se proyectó corregir las deficiencias de una política económica que había descuidado la creación masiva de empleos productivos por medio de una industrialización soportada en un fuerte impulso a la ciencia y a la tecnología.

    El eje de este impulso se soportaba en un ambicioso proyecto de incremento de las capacidades energéticas del país, que tenía como factor de arrastre a la energía nuclear. En una reciente conferencia virtual sobre desalación con energía nuclear, el maestro José Vicente Xolocostli, presidente de la Red Mexicana de Educación, Capacitación e Investigación Nuclear (REMECIN), confirmó el hecho de que el proyecto nuclear de México estimaba contar con 20 plantas nucleares operando en el año 2000, e iniciar su construcción a mediados de los años ochenta, después de terminada la nucleoeléctrica de Laguna Verde, en el estado de Veracruz.

    José Vicente, es ingeniero con especialidad en energía nuclear y con experiencia operativa en el reactor de Laguna Verde.  Sostiene que las veinte plantas nucleares conformaban un propósito muy sólido del gobierno mexicano en aquellos años. El gobierno licitó su construcción a  realizarse en diferentes estados de la república, entre ellos el estado de Sonora, Tamaulipas,  Zacatecas y San Luis Potosí. El cometido se formaliza en el Diario Oficial de la Federación, el 4 de febrero de 1981. Ahí se dice que “con la entrada en operación del reactor de Laguna Verde, y con una unidad más a ponerse en marcha antes de que termine el decenio, México contará en 1990 con capacidad nucleoeléctrica del orden de 2 500 MW. Con estas plantas, y con otras más, cuya construcción se iniciará durante los años ochenta, se prepararán las primeras generaciones de técnicos y obreros mexicanos en este campo”.

    El objetivo que se planteaba es que para finales del siglo, estuvieran instalados 20 mil MW de capacidad nuclear, lo que representaba el 70 de la generación eléctrica en México. El gobierno visionaba que la energía nuclear supliera al petróleo como fuente energética y que este terminara utilizándose en frentes da mayor potencialidad físico-productiva en el área de la petroquímica, principalmente en la elaboración de fertilizantes para incrementar la producción de alimentos y en la elaboración de plásticos, aceites, grasas, ceras, neumáticos, gasolina, diesel, asfalto, telas, detergentes, etc. Lo cual implicaba una dinámica industrializadora diversa y un incremento considerable en las destrezas laborales y capacidades productivas.

    Las ambiciones industrializadoras del México de los años setenta y principios de los ochenta, no fueron bien vistas por los intereses financieros angloamericanos, asentados en el gobierno de los Estados Unidos, que con franqueza pusieron en voz del  consejero de Seguridad Nacional del gobierno de Jimmy Carter, Zbigniew Brzeziski, la expresión que ha conformado la política exterior de Norteamérica por las últimas cuarenta años: “no permitiremos un Japón al sur de la frontera”. La comparación con Japón, no era fortuita, puesto que al momento, México tejía relaciones sólidas con esa nación y con China, promoviendo la alianza con los gigantes del pacífico para incidir en la creación de un orden financiero y monetario mundial más amigable con la soberanía nacional, el acceso a la ciencia, la tecnología y el desarrollo económico.

    Este episodio podría ser uno de los más intensos en la lucha que México ha librado en la búsqueda de su industrialización. En esos años, sobre vino la crisis financiera internacional que propició una incapacidad de pago de la deuda de más de cuarenta países del mundo, en los que estaba incluido México. Los gobiernos subsecuentes se han sometieron a las políticas de ajuste para pagar la deuda y abandonaron el proyecto nuclear. Con ello se abandonó también la planificación económica orientada a tal propósito y la contraparte de la fatídica expresión de Brzezinki, fue la no menos fatal consigna de Jaime Serra Puche, Secretario de Comercio y Fomento Industrial en el gobierno de Carlos Salinas de Gortari: “la mejor política industrial es la que no existe”. La entrega incondicional del país a la suerte que definan los mercados financieros y su codicia.

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