👉𝗣𝗼𝗿 𝗗𝗮𝗻𝗶𝘇𝗮 𝗩𝗲𝗴𝗮 𝗙é𝗹𝗶𝘅
▪️𝐄𝐧 𝐂𝐚𝐣𝐞𝐦𝐞, 𝐫𝐞𝐠𝐢𝐝𝐨𝐫𝐞𝐬 𝐝𝐞 𝐌𝐂 𝐲 𝐝𝐞𝐥 𝐏𝐀𝐍 𝐬𝐚𝐥𝐞𝐧 𝐞𝐧 𝐝𝐞𝐟𝐞𝐧𝐬𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐨𝐬 𝐧𝐚𝐫𝐜𝐨𝐜𝐨𝐫𝐫𝐢𝐝𝐨𝐬; 𝐀𝐥𝐜𝐚𝐥𝐝𝐞 𝐋𝐚𝐦𝐚𝐫𝐪𝐮𝐞 𝐩𝐢𝐝𝐞 𝐜𝐨𝐧𝐠𝐫𝐮𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚: “𝐍𝐨 𝐩𝐨𝐝𝐞𝐦𝐨𝐬 𝐩𝐨𝐫 𝐮𝐧 𝐥𝐚𝐝𝐨 𝐜𝐨𝐦𝐛𝐚𝐭𝐢𝐫 𝐚𝐝𝐢𝐜𝐜𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬 𝐲 𝐩𝐨𝐫 𝐨𝐭𝐫𝐨 𝐚𝐮𝐭𝐨𝐫𝐢𝐳𝐚𝐫 𝐞𝐬𝐩𝐞𝐜𝐭á𝐜𝐮𝐥𝐨𝐬 𝐝𝐨𝐧𝐝𝐞 𝐥𝐥𝐚𝐦𝐚𝐧 𝐚𝐥 𝐜𝐨𝐧𝐬𝐮𝐦𝐨 𝐝𝐞 𝐝𝐫𝐨𝐠𝐚𝐬”
DESPIERTASONORA
En el Cabildo de Cajeme se discutió ayer si el Ayuntamiento debía otorgar permisos para espectáculos públicos donde se glorifica al narco, a las armas, a las drogas y a la violencia.
Tema sencillo.
Tan sencillo, que cualquiera pensaría que hasta un regidor del PAN podría distinguir entre lo que una persona escucha en su casa y lo que una autoridad decide permitir en un evento masivo, público, autorizado y legitimado por el gobierno municipal.
Pero no.
Entonces apareció Demetrio Camarena, muy serio él, a preguntar cuál era la diferencia entre escuchar narcocorridos en su casa y escucharlos en un evento público. Que para él era lo mismo.
Y ahí se desplomó el debate.
Porque una cosa es entrar a una discusión con una postura polémica y otra muy distinta es llegar sin entender ni el abecé del asunto. Demetrio no defendió una tesis: exhibió una confusión. No presentó un argumento: presentó una carencia. No razonó: se sinceró.
Porque no, regidor, no es lo mismo.
No es lo mismo que un ciudadano escuche lo que quiera en su sala, a que el Ayuntamiento ponga sello, permiso y marco institucional a un espectáculo donde se celebra la cultura del narco y la violencia. No es lo mismo la libertad individual que la autorización pública. No es lo mismo una bocina en la cochera que un escenario con permiso oficial.
Pero Demetrio decidió que sí. Que todo era igual. Que casa, calle, escenario, permiso, autoridad, gusto personal y función pública eran la misma licuadora conceptual.
Bajo esa lógica, tampoco habría diferencia entre un borracho cantando corridos en una carne asada y un presidente municipal firmando permisos. Total, todo suena igual, ¿no?
Lo preocupante no es que el regidor escuche narcocorridos. Allá sus playlists, sus gustos y sus nostalgias de cantina. Lo preocupante es que no entienda la diferencia entre el ámbito privado y el espacio público. Lo preocupante es que un integrante del Cabildo confunda una preferencia personal con un criterio de gobierno.
Porque entonces ya no estamos ante una opinión debatible. Estamos ante una pequeña tragedia intelectual con voz, voto y micrófono.
Mientras que el regidor Jorge Rodríguez, de Movimiento Ciudadano, bajo el argumento de que “prohibir expresiones artísticas no reduce la violencia” mostró también su rechazo, incluso recurrió a una frase popularizada por Calibre 50: “Escuchar corridos no me hace un mal mexicano”.
No conforme con eso, también ironizó al señalar que, con ese reglamento, los artistas que vinieran a Cajeme “ya no podrían cantar Laurita Garza porque sacó una escuadra cortita”, ni Las tres tumbas “porque se dieron de puñaladas”, intentando sostener que la violencia no nace de una canción.
Pero pues, por lo menos intentó disfrazar su postura con el viejo numerito de la “libertad artística”, como si el tema fuera censurar canciones y no regular permisos públicos.
Flojo, sí, pero por lo menos traía envoltura. Demetrio ni eso. Lo suyo fue más artesanal: ignorancia en presentación original.
Y eso fue lo mejor de su intervención: su honestidad involuntaria. Porque a veces hay políticos que fingen saber. Demetrio no. Demetrio se aventó al vacío del razonamiento con una seguridad enternecedora, como quien cree haber descubierto una gran contradicción jurídica cuando en realidad apenas va saliendo del kínder cívico.
Tuvo que salir el alcalde Javier Lamarque a explicar lo obvio: nadie está prohibiendo que la gente escuche esa música en su casa; lo que se busca es evitar que la autoridad municipal autorice eventos públicos que normalicen la apología del delito.
Lamarque fue más allá, les recordó que existen estudios y marcos teóricos que demuestran la influencia de las expresiones culturales —como la música, la pintura y otras manifestaciones artísticas— en la construcción de narrativas sociales y en la formación de conductas colectivas.
Y remató con una frase que dejó sin mucho margen para la confusión: “No podemos de un lado estar diciendo que estamos combatiendo las adicciones y por otro lado autorizar espectáculos donde se llama a la población al consumo de drogas; es incongruente”.
Pero cuando hay que explicarle a un regidor la diferencia entre lo privado y lo público, entre un gusto personal y un acto de gobierno, entre escuchar y autorizar, entonces el problema ya no está en la música. Está sentado en la mesa del Cabildo.
Demetrio quiso verse cercano, coloquial, del pueblo, “sin doble moral”. Y terminó viéndose nomás limitado. Quiso sonar práctico y se escuchó elemental. Quiso entrarle al debate y acabó retratado como ese alumno que levanta la mano con mucha seguridad… justo antes de preguntar una barbaridad.
Al final, más que defender narcocorridos, el panista defendió algo más suyo: el derecho a opinar sin entender.
Y lo logró.
Porque si de algo sirvió su intervención, fue para recordar que en política no siempre hace falta que te dibuje un monero: a veces el personaje se caricaturiza solo.
Además, gustos musicales puede tener cualquiera. El problema empieza cuando la ignorancia también quiere legislar en lo municipal.
Al final Demetrio Camarena decidió votar en contra, acompañado por Jorge Rodríguez, la también panista Sara Piña y la priista disfrazada de perredista, Mirna López, como si el verdadero exceso fuera poner límites desde la autoridad, y no la ligereza con la que algunos integrantes del Cabildo trivializan un asunto que toca de frente la descomposición social del municipio.
