➡️𝗦𝗜𝗡 𝗥𝗔𝗦𝗣𝗔𝗥 𝗠𝗨𝗘𝗕𝗟𝗘𝗦
👉𝗣𝗼𝗿 𝗗𝗮𝗻𝗶𝘇𝗮 𝗩𝗲𝗴𝗮 𝗙é𝗹𝗶𝘅
▪️ No es censura Manuel, es responsabilidad pública
Restringir en espectáculos públicos la música que glorifica al narco y a la violencia no equivale a prohibir artistas en Cajeme. Conviene decirlo claro para que no se siga malinformando el tema: Peso Pluma, Marca Registrada, Natanael Cano, Gabito Ballesteros, Luis R. Conriquez y muchos más pueden presentarse en el municipio. Lo que se restringe, en espacios públicos y bajo autorización oficial, es la interpretación de canciones que hacen apología del delito.
La diferencia no es menor. Sin embargo, hay quienes han preferido distorsionarla para sacar provecho político.
Eso fue precisamente lo que hizo Manuel Scott, diputado plurinominal de Movimiento Ciudadano, al publicar en redes sociales que en Cajeme “El alcalde Javier Lamarque acaba de prohibir los corridos” y que habría que olvidarse de ver a ciertos artistas en el municipio. El mensaje, además de impreciso, es irresponsable. Más aún en un municipio golpeado por la violencia, donde cualquier discusión pública sobre este tema exige seriedad, no ocurrencias.
Porque en Cajeme no se prohibió un género musical. Se tomó una decisión de gobierno para restringir, en eventos públicos, la difusión de contenidos que exaltan el crimen como si fuera aspiración, estilo de vida o motivo de prestigio.
Y ahí está el fondo del asunto: La autoridad no está para regular gustos personales, pero sí para establecer condiciones de convivencia en los espacios públicos. Un permiso municipal no es un simple trámite administrativo; es un acto de autoridad, y como tal conlleva responsabilidad política, jurídica y social.
El alcalde Javier Lamarque fue claro al señalar que esta medida no invade la esfera privada de nadie. Cada quien puede escuchar en su casa, en su carro o en su entorno personal la música que prefiera, así sean los narcocorridos. La restricción aplica únicamente a espectáculos públicos.
Es decir, no se persigue al ciudadano; se fija un criterio en un reglamento municipal para el uso del espacio común. Y Cajeme dio ese paso. Punto.
Los narcocorridos no son solo canciones por el simple hecho de tener ritmo pegajoso o popularidad, los narcocorridos visten al delincuente de prestigio, de poder, de dinero, de respeto. Lo convierten en fantasía de ascenso social para muchos jóvenes que tristemente crecen entre carencias y abandono. Negar ese efecto, ojo, no es defender la libertad de expresión, es una irresponsabilidad.
Y una cosa es que alguien los escuche por decisión personal, y eso obviamente se respeta; pero otra, muy distinta, es que el gobierno les dé escenario y permiso en actos públicos.
Pero Scott no se quedó ahí. En un desplante francamente infantil, impropio de alguien que ocupa una curul, aunque haya llegado por la cómoda vía plurinominal, este domingo presumió en redes que disfrutaba, en la Presa del Oviáchic, justamente de esa música alterada y de los narcocorridos que tanto defiende. Y lo escribió con ese aire retador que revela hasta su inmadurez: “En la presa escuchando a Los Alameños de la Sierra aunque se enoje el alcalde. Saludos, que tengan buen domingo”. Hágame usted el favor.
¿Qué es lo más grave?, pues que un diputado no entienda la dimensión de sus actos. Que no comprenda que, por su investidura, sus palabras no son los de un ciudadano cualquiera. Manuel Scott representa a una institución, en este caso al Congreso del Estado, ocupa un espacio de poder y debería actuar con un mínimo de responsabilidad y de respeto frente a temas que afectan directamente a la niñez, a la juventud y al tejido social de toda una comunidad.
Porque si de verdad le interesa el tejido social, si de verdad le importa la niñez, la adolescencia, la cultura o el deporte, causas con las que tanto le gusta fotografiarse, tendría que ser el primero en reconocer que la violencia también se disfraza y se normaliza a través de estas canciones.
Pero claro, siempre es más fácil venderte como defensor de la “libertad de expresión” cuando el costo lo pagan otros. Es muy cómodo pontificar desde la curul sobre el derecho a cantarles odas a los criminales, mientras las familias de Cajeme siguen sufriendo.
Al final, la postura de Manuel Scott no revela una defensa de la libertad de expresión, sino una incapacidad para distinguir entre una expresión artística y la propaganda del delito.
Pero quizá le estamos pidiendo demasiado.
